PERSEVERANCIA
El teléfono suena en plena noche, a las dos de la mañana, dándome un susto de muerte. Me levanto de la cama, enciendo el interruptor y cojo el auricular al cuarto timbrazo. Es mi madre, que llama desde su casa en Seattle.
- ¿Te he despertado, verdad cariño?
- No importa. ¿Qué pasa? -digo, más ansioso de lo que quisiera parecer.
- Lo siento –dice ella, con un tono de voz como si no lo sintiera nada-. Hoy las cosas se han desmandado un poco aquí. Tu padre se esta comportando como… no sé, siento haberte despertado.
- En serio, mamá, da igual. No estaba dormido –miro la cama. Mantas y sábanas se han salido del pie de la cama. Si quiero volver a dormirme, no tendré más remedio que volver a hacer la cama desde el principio-. ¿Qué ha pasado?
- Tu padre se ha enterrado en aquellos catálogos de carreras de caballos otra vez. Ahora es la época del año en que se los envían todos. Llega una caja entera y se los lleva ahí arriba, al estudio, como si estuvieran vivos. Se encierra y no quiere salir. Hace días que no baja. Una semana, como mínimo.
- ¿Una semana?
- Una semana seguida. Fuma sin parar. Es lo único que hace, aparte de leer los catálogos. Fuma y tose. La casa entera huele a humo. He subido a llevarle bocadillos, pero ni los prueba. Solo fuma y lee. No quiere hablar con nadie. No me abre la puerta. No sé que puedo hacer ya.
Mi madre se halla en ese estado de alta energía nerviosa que deparan las crisis: una mezcla de burbujeo inquieto y de extenuación subyacente, cada uno de los cuales alimenta al otro. Voy a la cocina con el teléfono y me siento en una silla. Enciendo un cigarrillo y miro por la ventana a la calle, iluminada por las luces de bario-sulfuro. No hay luna.
- ¿No come nada? –digo sin motivo aparente, excepto que se me ocurre. Siempre es lo mismo.
- No. Bueno, por la noche le he oído bajar a la cocina y hacerse algún bocadillo. Durante el día no sale de su cuarto. Tu padre chochea. No atiende a razones. No escucha nada –mi madre da un sorbo a algo que lleva cubitos de hielo y suspira. Sus costumbres en cuestiones de bebida han cambiado a lo largo de los años. Tiene sesenta y un años y cuando se casó con mi padre apenas probaba el alcohol pero desde hace un tiempo ha pasado por varias fases que van del bourbon con naranja a los gimlets de vodka-. Yo ya no sé que hacer. ¿Podrías venir y hablar con él? Es lo único que te pido.
- Mamá, ¿estás bebiendo?
- Necesitaba calmar los nervios. ¿Vendrás? ¿Hablarás con él?
Doy una calada al cigarrillo y lo dejo sobre el fregadero, consumiéndose.
- Mamá, esta semana tengo ese seminario en la universidad. No puedo ir. Ya te había dicho que es muy importante. Quizás me hagan fijo. ¿Por qué no se lo preguntas a Jessie? Ella tal vez, pueda acercarse hasta allí. Además, no creo que sea tan grave. Cuando se canse de los caballos, remergerá a la luz del día- digo con optimismo.
- Jessie es una calamidad, ¿y no puedo contar contigo, hijo? –pregunta con voz gélida.
- Mamá…
- Si ya lo sabía yo –suspira y oigo como deja caer el vaso en la pila del lavaplatos-. De tal palo tal astilla. Eres igual que tu padre. No puedo contar con vosotros nunca. Solo te pido que te acerques hasta aquí y hables un poco con él, le hagas razonar –me dice con esa voz insistente de niña pequeña que conozco desde hace mucho tiempo.
- Mamá, es imposible. Díselo a Jessie y si no me acercaré la próxima semana en cuanto termine el seminario.
Siguió un silencio oneroso durante el cual me sentí como un niño que busca aprobación o que, en todo caso, trata de evitar una censura. Sentí como mi madre se ponía rígida y agarraba el auricular con fuerza. No consentía que la contradijesen.
- Eres hijo de tu padre. No me digas que remergerá a la luz del día. Pamplinas. Me envenena la vida. Tu padre no esta bien. Esta obsesionado con los caballos y no hay manera de sacarle de su habitación. Vivo con un extraño. Se podría decir que vivo sola o que he alquilado la casa a un fantasma. Tienes que venir a verle y hablar con él.
- Mamá, no puedo ir, ya te lo he dicho. Podrían hacerme fijo.
Una pequeña pausa en la que pienso en la posibilidad de no asistir al seminario. Cojo el cigarrillo olvidado y le doy una calada. El humo se eleva hasta el techo y envuelve los tubos fluorescentes de la cocina.
- Bueno hijo, tú sabrás. ¿De verdad, podrían hacerte fijo?
- No sé. Es una posibilidad. El claustro se reunirá con el decano y puede que al final me den la plaza. La verdad es que ya estoy harto de ponencias y sustituciones.
- ¿Cuánto durará el seminario?
- Toda la semana. Ya te lo he dicho –una pausa en la que oigo como le da un sorbo a su bebida-. ¿Cómo están los groselleros?
- Los empecé a podar ayer. No han dado mucho este año. Los festoncillos se helaron este invierno y han dado mucho menos.
La imagino inclinada sobre los arbustos recogiendo las grosellas con unas tijeras mientras mi padre permanece en la casa, encerrado, estudiando las apuestas y las carreras. ¿Por qué queremos –necesitamos- ver la vejez como una época de serenidad? Los movimientos se han hecho más lentos y la sangre ha perdido espesor. Los ardores se han apagado.
Apago el cigarrillo en el fregadero y lo tiro a la basura.
- Mamá, tengo sueño y debería irme a la cama. He tenido un día complicado. Tú también tendrías que hacer lo mismo. Es muy tarde. Estaré ahí la próxima semana. No creo que lo de papá sea para tanto. Es solo una distracción.
- Seguro –dice, con ironía-. Entonces, ¿no vienes?
- No, mamá. Dentro de unos días estaré allí. Vete a la cama. Son más de las dos y media de la madrugada. Tengo que dormir algo.
- Muy bien, hijo. Tenemos ganas de verte. Suerte con lo del seminario.
Los dos colgamos.